El Premio Nóbel de Lectura
me lo debieran dar a mí
que soy el lector ideal
y leo todo lo que pillo:
leo los nombres de las calles
y los letreros luminosos
y las murallas de los baños
y las nuevas listas de precios
y las noticias policiales
y los pronósticos del Derby
y las patentes de los autos
para un sujeto como yo
la palabra es algo sagrado
señores miembros del jurado
qué ganaría con mentirles
soy un lector empedernido
me leo todo – no me salto
ni los avisos económicos
claro que ahora leo poco
no dispongo de mucho tiempo
pero caramba que he leído
por eso pido que me den
el Premio Nóbel de Lectura
a la brevedad imposible
– Nicanor Parra

Este es el primer post de varios en los que reflexiono sobre identidad y pertenencia, temas que planeo seguir explorando en los próximos meses.
Hoy quiero compartir un artículo diferente y un poco nostálgico. En él, reviso libros peculiares y extraños que marcaron mi niñez y adolescencia, antes de mi primer encuentro con la literatura “formal”.
Ponte el cinturón porque esto se va a poner muy OFF-TOPIC. Vamos a hablar de adivinanzas, rompecabezas, leyendas, cuestiones esotéricas, personajes raros de la Biblia, dragones, fantasmas, libros de biología y biografías de compositores. Estoy descubriendo cuánto influyeron estas lecturas en la formación de mi propio imaginario cultural y artístico.
Acuario, Urano y el no-sentido de pertenencia
Siempre he sentido que no pertenezco o que no termino de encajar del todo. En 2021, durante una sesión muy interesante con una astróloga, hablamos sobre mi ascendente en Acuario. En la «astrología pop,» el llamado big 3 se refiere a la combinación del Sol (comúnmente conocido como el «signo zodiacal»), la Luna y el Ascendente en el momento de nacer.
De manera sencilla, el Ascendente está relacionado con las características externas de una persona y con cómo es percibida por los demás. También se conecta con las situaciones que se le presentan desde el exterior. En mi caso, mi Sol está en Géminis, mi Luna en Virgo y mi Ascendente en Acuario.
Aguanta un poco, ya voy a llegar al tema central de este texto. Acuario está regido por dos planetas: Urano y Saturno. Urano se asocia con cambios inesperados, saltos cuánticos y la innovación, mientras que Saturno tiene que ver con el paso del tiempo, los límites y la figura paterna.
Con la astróloga, exploramos mi Ascendente en Acuario, enfocándonos principalmente en su aspecto uraniano. En otro momento reflexionaré sobre la conexión de Saturno con Acuario.
Mi vida ha estado marcada por cambios inesperados provenientes del exterior (Acuario / Urano). Hasta ahora, con 27 años, he vivido en 7 ciudades diferentes y me he mudado 18 veces. Esto me ha hecho una persona sorprendentemente adaptable y flexible, pero también ha dificultado mucho la búsqueda de mi sentido de pertenencia.
Cuando por fin lograba tener uno o dos amigos en el colegio, de repente cambiaba de escuela y tenía que empezar de nuevo. Cuando apenas me acostumbraba al clima de una ciudad, tenía que adaptarme a uno nuevo. Esto se refleja claramente en mi forma de hablar. Aunque creo que mi acento suena claramente venezolano, o al menos definitivamente latinoamericano (lo que sea que eso signifique), sigue siendo bastante indefinido. Tanto, que incluso cuando vivía en Caracas, me preguntaban de qué país era.
Además, los acentos se me pegan fácilmente. Si paso un rato con una amiga argentina o española, comienzo a usar sus palabras y expresiones, haciendo que mi forma de hablar sea una mezcla de todo.
Lamentablemente, perdí la grabación de audio de esa sesión con la astróloga (tengo que dejar de perder este tipo de registros, o igualmente en un mundo en el que se glorifica la nostalgia no está mal traer en el registro que uno mismo tiene de las cosas), pero recuerdo claramente algo que me dijo:
«Puede que nunca sientas que perteneces, pero eso no es necesariamente algo malo. En vez de buscar pertenecer, intenta usar esto a tu favor para crear conexiones nuevas e inusuales.»
Su mensaje me ayudó a entender que, en la vida, estamos aquí para absorber lo que nos llega desde el exterior a través del Ascendente, hacerlo nuestro y aprovecharlo.
Aunque ese sentimiento de no pertenecer a veces sigue siendo difícil y ha afectado mi capacidad para hacer amigos, en los últimos dos años he trabajado mucho en construir y formar parte de comunidades diversas. He encontrado una manera de aceptar que puedo ser parte de muchas cosas. Además, he abrazado mi superpoder de conectar cosas aparentemente inusuales, de hacer «saltos cuánticos» y correrme de las situaciones en el debido momento. He abrazado mi uranianidad.
Sin embargo, hay algo que siempre ha sido una constante en mi vida: mi amor por los libros. Hoy quiero contarte cómo libros diversos e insólitos han aparecido a lo largo de mi vida, alimentando mi imaginario y convirtiéndose en una parte central de mi identidad.
Magia y Religión
En Venezuela, nunca me sentí completamente venezolana. Sin embargo, cuanto más tiempo paso en Suiza, más noto que hay aspectos profundamente venezolanos en mí. Mis raíces no sólo se mantienen, sino que crecen y se fortalecen.
Mi forma de pensar, mis referencias culturales y musicales, mi relación con la comida y la cocina, mi manera de bailar, mi forma de vestir…, todo eso, y otras cosas pequeñas y cotidianas, están conectadas con Venezuela. Algunas son tan sutiles que cuesta enumerarlas, pero las voy descubriendo poco a poco.
Continuando con las referencias astrológicas, (algo que no esperaba en este post, pero cuando escribo voy canalizando lo que me dicta la intuición), mi Sol en Géminis está en la casa 4. Esto indica una necesidad profunda de conectar con mis raíces, mis ancestros, mi familia y el concepto de hogar.
No entendí esta necesidad hasta que empecé a procesar el duelo por haber dejado Venezuela. Por alguna razón, suelo procesar los duelos mucho tiempo después de la pérdidas, y ese fue el caso con irme de mi país, empecé a procesar ese duelo cinco años después. Fue entonces cuando me di cuenta de lo importantes que son para mí mis raíces y el lugar de donde vengo.
Es fascinante la tensión entre mi ascendente en Acuario, que me empuja hacia cambios inesperados, y mi Sol en la casa 4, que me llama a conectar con mis orígenes. Esta dualidad es una parte esencial de mi búsqueda como artista.
Entre las cosas que más amo de Venezuela (y de Latinoamérica en general) está la forma en que la magia y la religión son parte del día a día. Ambas se entremezclan y convergen de maneras diversas.
Imágenes religiosas y altares
Con el tiempo, he incorporado poco a poco este aspecto mágico-religioso en mi vida en Suiza. También me he dado cuenta de cuánto ha influido en mi imaginario artístico y creativo, a pesar de que hoy me considero agnóstica y cuestiono muchos aspectos de la iglesia católica, especialmente su relación con el patriarcado.
Mi infancia está llena de imágenes religiosas y mágicas: las casas en las que viví (y visité), las iglesias, las misas dominicales con mi familia y ciertos libros que encontré en casa.
Uno de los símbolos más representativos de esta mezcla son los altares. No hay casa venezolana que no tenga algún tipo de altar, aunque sea discreto. Los elementos básicos suelen ser:
- Una figura de Jesús, la cruz y/o un pesebre (la representación de la Virgen María, José y el niño Jesús).
- Una advocación de la Virgen (en mi casa, era La Divina Pastora de Barquisimeto, la Virgen de mi ciudad natal).
- Algún santo relacionado con una promesa o una necesidad específica.
- Fotos y/o velas para honrar a familiares fallecidos.
En mi familia paterna, José Gregorio Hernández también tenía un lugar especial.

La biblia y las hojas dominicales de las iglesias
Mis primeras lecturas, además de los cuentos del Coquito con el que mi mamá me enseñó a leer, fueron las hojas dominicales de la misa. Mi entretenimiento era seguir el texto de las lecturas y el evangelio mientras los escuchaba. Este fue, podría decirse, mi primer entrenamiento de comprensión lectora.
En casa, continué con el libro del Génesis y algunas parábolas. Me fascinaba la idea de «hágase la luz» en el Génesis. Ese momento abstracto fue, quizás, mi primera memoria poética.
Ya de muy niña, tendría quizás 6 o 7 años, empecé a cuestionarme la literalidad de esos textos. En el pre-escolar estudiamos los planetas y los dinosaurios y no entendía muy bien como podían coexistir versiones de la evolución y la creación tan distintas.
También ya sentía ese resquemor de injusticia y esa rabia ancestral femenina con el relato de Eva y la serpiente: «A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti.» Ya de niña sabía que no quería ser dominada por nadie, y menos por un hombre frágil que era tan responsable en el relato como Eva.
Sin embargo, siempre sentí una fascinación por los textos religiosos y esotéricos. Ya allí se prefiguraba mi amor por los símbolos. Cuando me preparé para la primera comunión, me intrigó la Biblia y empecé a leer algunos de sus libros completos:
Leí todo el libro del Génesis, rarísimo por cierto, ya que ¿Cómo crees que se reproduce la humanidad en un relato en el que ésta comienza en un sólo hombre y una sola mujer? Te lo dejo a tu imaginación. Otra cosa muy extraña del génesis es el relato de la genealogía que conecta a Adam con Noé, en el que al parecer la gente vivía cientos de años, de ahí viene el decir «más viejo que Matusalén.»
Menciones Honoríficas
- El libro de Job (es increíble.)
- El libro de Ester (HAY DRAGONES.)
- El libro de las sabidurías de Salomón que tiene cosas muy interesantes.
- El libro del Apocalipsis que es una especie de viaje psicodélico o un relato de un sueño extremadamente vívido.
Santos

Otro libro que me acompañó durante mi infancia fue «Los Santos del Día», un libro que compila biografías de santos, uno para cada día del año. Me parecía fascinante leer sobre sus vidas y en particular sobre los milagros, esos momentos en los que se rompen las grietas de la realidad para dar paso a un aire de misterio, un recordatorio de que en realidad no sabemos nada. En mi familia sucedieron algunos milagros, relacionados con José Gregorio Hernandez y algunas advocaciones de la Virgen, pero eso ya es un tema para otro artículo.
Otras mitologías
Y por último quiero hablar del amor de mi mamá por la mitología clásica, amor que desde luego me transmitió a mí. A través de ella conocí las historias de los dioses griegos y romanos, la Odisea, Homero y Penélope y sobre todo me abrió el horizonte a descubrir otras maneras de organización y de comprender el mundo, más allá de la gran influencia que tiene la religión católica en los países latinoamericanos.
Evidentemente mi mamá es sol en Acuario. Siempre me ha gustado conversar con ella sobre la intuición y sobre cierta «sensibilidad» para ver y percibir lo sutil. Ella fue mi primera maestra en estos conocimientos que nos vamos pasando las mujeres de generación en generación y que nos permite ver y sentir las cosas primero.
Biografías de compositores
Un mundo sin streaming: Descubriendo música en Venezuela

Érase una vez un mundo en el que, para descubrir música, libros o películas nuevas, uno tenía que esforzarse un poco. Me siento profundamente agradecida de haber conocido ese mundo, en el que todavía había limitaciones y las cosas tenían un comienzo y un final.
No existían plataformas de streaming, y no tenía conciencia —o no existía todavía la noción— de escuchar música en YouTube. Había que ir a la tienda de discos, escuchar la radio, visitar la biblioteca o ir al cine.
En Venezuela (y creo que esto era algo muy latinoamericano en general), estaban los puestos de «quemaditos,» donde se vendían discos piratas. También existían los lugares donde se alquilaban películas. Iba con mi mamá y mi hermano para escoger los DVDs que llevaríamos a casa para ver ese fin de semana, después de haber comido un «perro con todo,» esos gloriosos hot-dogs venezolanos que no se parecen a nada que haya probado desde que dejé Venezuela.
Mi yo todavía algo complaciente y no del todo punketa (todavía) siente el deseo de aclarar que en ningún momento quiero glorificar la piratería. Ya está, lo escribí. Pero, igualmente, siento mucha nostalgia por ese tiempo.
En este mundo antiguo, una de las actividades familiares de fin de semana era visitar algún centro comercial de la ciudad. Paseábamos por las tiendas, tomábamos un helado, íbamos al cine, y a veces hacíamos diligencias en los bancos. Mi momento favorito era visitar la tienda de discos con mi hermano. No, no la de discos piratas, sino la tienda de discos de verdad.
Esta época coincidió ligeramente con el momento en el que empecé a tomarme más en serio el estudio del violín. Estaba en primaria; tendría quizás 10 u 11 años.
Muchas veces no comprábamos nada, simplemente pasábamos el rato mirando los discos en los escaparates. Yo, a menudo, me detenía en la sección de música clásica para ver si había alguna novedad, aunque también daba vueltas por otros géneros. Algunos discos que compramos en esa época incluyen: las canciones de High School Musical, Guapa de La Oreja de Van Gogh, It’s My Time de Tito el Bambino (disco que compramos después de que mi hermano y yo descubrimos la magia del reguetón, algo que luego reprimí y oculté durante años), música que escuchaba mi papá —como Bee Gees, Tom Jones, Marco Antonio Solís, Gloria Estefan— y, por supuesto, esas antologías kitsch de música clásica que recopilaban lo más mainstream del género.

Mi primer contacto con los compositores
Fue precisamente en esa tienda donde entré en contacto por primera vez con las biografías de los compositores. En un estante, había monográficas de compositores: todos los cuartetos de Beethoven, obras selectas de Mozart, todos los ballets de Tchaikovsky, o toda la música vocal de Berlioz. Esto coincidió con un momento en el que empecé a tener cierta conciencia de la historia y cuando las clases de teoría musical empezaron a cobrar sentido en mi cabecita infantil.
Esas monográficas eran mis regalos favoritos en las fechas especiales. En algún momento, también me regalaron un discman. No sé cuántas veces escuché una y otra vez un disco de EMI Classics con grabaciones de conciertos para violín de Yehudi Menuhin. Me encantaría dar fechas, pero toda esta secuencia está bastante mezclada en mi memoria. Todo esto sucedió de manera desordenada entre 2005 y 2011.
Mi pasión adolescente por la música clásica empezó así. O, al revés, todo ese fuego adolescente encontró una manera de canalizarse a través de la música y en particular, la música clásica.
Beethoven, Tchaikovsky, Rossini y Schumann: Mis favoritos de adolescencia

Mis libros sobre compositores favoritos eran una colección de miniaturas que incluían varias biografías. No sé cuántas veces leí y releí esos libros. Había tres biografías que me encantaba leer por razones distintas: Beethoven, Tchaikovsky y Rossini. De esos tres compositores, solo conservo intacto mi amor por Beethoven.
En algún momento, un familiar me regaló una agenda Pascualina. Me obsesioné con Beethoven. Había algo en su libertad, atrevimiento, irreverencia y rebeldía que resonaba profundamente conmigo. Llené páginas y páginas de mis agendas Pascualina con citas suyas, reescribiendo fragmentos de distintas biografías y tomando nota de las obras que escuchaba.

Luego estaban las biografías de Tchaikovsky. Había algo morboso, enfermizo y frágil en la vida del compositor ruso que me llamaba mucho la atención. Ya se asomaba por ahí mi época sadgirl o chica emo de Tumblr durante la adolescencia, con esas fotos de paisajes etéreos, casas abandonadas, bosques sombríos, venas marcadas, miradas perdidas, y sobre todo muchas, demasiadas fotos de Hayley Williams, Robert Downey Jr. y Johnny Depp. Fui muy feliz cuando, en la orquesta de mi ciudad, tocamos la Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky. Podía dejar volar mi imaginación impregnada de todas estas imágenes y sensaciones.
Y bueno, de Rossini no tengo mucho que decir, es un compositor que ahora mismo me deja bastante indiferente. Simplemente me parecía un personaje divertido. Aprendí con él qué es un año bisiesto, y añadí un arquetipo más al mundo creativo, que abraza y acepta a todo tipo de personas.
Mención Honorífica
A Schumann. Me gustaba mucho leer su biografía, pero me tomó muchos años entender su música. Compañero profundamente geminiano: complejísimo, sarcástico, lleno de vitalidad, un poco torcido, doble, extravagante, incómodo y sincero. Tan sincero como solo un geminiano puede serlo.
Adivinanzas, juegos, rompecabezas y chistes
Adivinanzas y juegos


Uno de mis recuerdos favoritos de la infancia son los días que compartía junto a mi abuela. Por cierto, otra Acuariana. Es una de las personas que más ha influido en mi vida: alguien que veía la vida con esperanza y optimismo, y que me enseñó la importancia de mantenerse siempre joven de espíritu. Le encantaban las fiestas, las reuniones familiares, y contar adivinanzas, historias y chistes. Aunque apenas conservo algunos de sus relatos, recuerdo con total claridad la sensación de estar con ella y la alegría que nos daba compartir juntas juegos de palabras.
Mi hermano y yo pasábamos mucho tiempo en casa. Creo que esa es la razón por la que yo leía tanto. Él en cambio, se inclinaba hacia otro camino: las actividades manuales, el diseño y el dibujo, además de su fascinación por los juegos de lógica.
En algún momento de nuestras aventuras en casa apareció un libro fotocopiado que recuerdo perfectamente. Las hojas estaban unidas por un gancho de archivador, en formato A4 horizontal. Era un libro lleno de adivinanzas, chistes, juegos de palabras y trabalenguas. No sé de dónde salió, pero sí recuerdo las tardes que pasé absorta leyéndolo en el sofá, una y otra vez, memorizando adivinanzas y trabalenguas. Tanto así que aún recuerdo uno a la perfección:
«Qué triste estás, Tristán, tras la tétrica trama teatral.»
¿Cuántas veces lo repetí, intentando descifrar el significado de esas palabras extrañas?
El arte de contar chistes
En el patio de la casa de mi abuela, mi hermano y yo pasábamos horas jugando. Tratábamos de hacer arcoíris con una manguera de agua y la luz del sol, buscábamos insectos para meterlos en frascos de mayonesa con agujeros en la tapa. Nuestros favoritos eran los grillos y los escarabajos de lluvia. También intentaba atrapar mariposas con una trampa improvisada de bolsas y un palo de escoba. Después de observarlas un rato, siempre las dejaba ir. Allí mismo, en ese patio, me recuerdo intentando inventar chistes y buscando entender la lógica detrás de ellos. ¿Qué hace que un chiste sea gracioso?
Mis intentos de chistes eran historias de zombis y bosques que no tenían ningún sentido. Las extendía tanto que terminaba riéndome sola, porque nadie entendía de qué carajo estaba hablando.
Como inventar chistes no era lo mío, me dedicaba a buscarlos en internet y memorizarlos para contarlos después. Practicaba el tono correcto, la pausa exacta, y cómo interactuar con quien escuchaba para generar tensión antes de soltar el punchline. La idea de provocar una reacción inmediata en las personas me fascinaba. ¿Quizá pude haber probado suerte como comediante? Nunca se me ocurrió.
Disfruto mucho del humor y de jugar, para mí, ambos son esenciales para vivir. Amo reír y hacer reír a los demás. Estas experiencias formaron una parte fundamental de lo que soy ahora. Además, siempre me ha gustado interpretar papeles, exagerar las cosas y, por qué no, hacer magia. Lo de los chistes llegó a otro nivel en algún momento, y decidí aprender trucos de magia. Igual que con los chistes, lo que más me intrigaba era experimentar con los tiempos y generar reacciones en el «público.»
Con el tiempo, mi amor por lo teatral se fue desdibujando mientras adoptaba las formas y convenciones de la música clásica, hasta casi desaparecer. Pero no del todo. Siempre quedó algo de eso: cuando estoy con mi instrumento frente al público, sigo buscando sorprender, jugar con los tiempos, y provocar reacciones. Lo teatral y el performance siempre han sido parte de mí, y en este proceso de reflexionar sobre mi identidad lo he ido recuperando poco a poco.
Una de mis artistas musicales favoritas del momento es Nathy Peluso, y justo lo que más admiro de ella es lo teatral que es. Sus gestos exagerados, la capacidad de jugar a ser distintos personajes, su presencia escénica y conexión con el cuerpo son esenciales en sus presentaciones en vivo. Me inspira profundamente. Hay algo de eso que quiero habitar y recuperar. Miren el video de la canción «APRENDER A AMAR» de su último disco, «Grasa», donde los gestos lo son todo:
Menciones Honoríficas

Para escribir este post, pedí a mis padres que me enviaran fotos desde Venezuela de algunos de los libros que mencioné. Uno de ellos, y mi favorito absoluto de la infancia, era «Sabelotodo: 1000 desafíos para tu inteligencia». Ese libro, lleno de acertijos, juegos de palabras, trucos matemáticos y problemas, era una auténtica maravilla. Aún tengo intacta la sensación de estar tumbada en el suelo, con el libro abierto, intentando resolver todos los desafíos.
Y por supuesto uno los libros más cool que todo niño debería experimentar, cualquiera de la colección «Dónde está Wally.»
Finalmente, no pueden faltar los cómics de «Jaimito» que vendían en la papelería de mi colegio y los épicos artículos de «El Chigüire Bipolar» que descubrí gracias a twitter (sí, yo empecé a usar twitter muy jovencita, fue la primera red social en la que estuve muy activa.)
Leyendas y fábulas
Mi lugar favorito para vacacionar en familia, cuando aún vivía en Venezuela, era Mérida. Y no me refiero solo a la ciudad, sino al estado entero: los pueblos, los páramos, las lagunas, las cabañas. Siempre he preferido el frío al calor, y hasta el día de hoy, viviendo en Suiza, sigo eligiendo el invierno sobre el verano.
Los paisajes de Mérida tienen algo único. Aunque ahora vivo en un país lleno de montañas, las de Mérida poseen un misticismo que no puedo explicar. Siempre me fascinó su clima seco, sus montañas rocosas cubiertas de frailejones, y esa neblina constante que lo envuelve todo. Allí, todo parece borroso, como si el cielo estuviera cerquita. Pero no es un cielo azul ni gris, sino más bien blanquecino, dando la sensación de que un portal a otro mundo podría abrirse en cualquier momento.
Fue en Mérida donde vi la nieve por primera vez, durante una excursión en los teleféricos. Desde entonces, me enamoré de ella. Recuerdo los olores: a madera quemada, a frío, a aguardiente de frutas, a fresas, a chocolate caliente y a motas de algodón impregnadas de alcohol que olíamos para evitar el mal de altura. También recuerdo la sensación de estar envueltos en ropa mullida, cobijados por sábanas cálidas y coloridas en las que predominaban los colores rojo y violeta.
En una de esas excursiones visitamos una de las muchas lagunas de los páramos. A esta en particular la llamaron «la laguna encantada». No sé si ese era realmente su nombre, pero así quedó grabada en mi memoria. He intentado encontrar información sobre ella en internet, sin éxito. A veces, internet resulta mucho más limitado de lo que parece. Ya me pasaba con Google y ahora aún más con ChatGPT o cualquier otra inteligencia artificial.
No recuerdo la leyenda exacta, pero nos dijeron que si lanzábamos piedras a la laguna, esta se enojaría y empezaría a soltar humo. Como casi todas las leyendas en Venezuela, tenía que ver con alguien que había muerto allí en circunstancias misteriosas. ¿Y qué hicimos? Por supuesto, lanzamos piedras a la laguna. Las lagunas siguen siendo los cuerpos de agua más fascinantes que he visto: planos, serenos, cargados de una memoria ancestral, previa a lo occidental. Y efectivamente, comenzó a salir humo, una neblina que emergía desde el agua y se mezclaba con la bruma del entorno y el blanco del cielo.
Creo que todos los latinoamericanos que hemos leído Cien años de soledad de Gabriel García Márquez coincidimos en que el realismo mágico no está tan alejado de la extraña realidad de nuestros países. Mi experiencia como venezolana está llena de historias insólitas e incluso escandalosas en las que la realidad supera la ficción, como suele decirse. Esta es una de mis cosas favoritas de ser latina.
Tal vez por eso nos gusta tanto leer y contar leyendas, hasta el punto de incluir libros como Leyendas del Táchira en las lecturas escolares. Las infancias venezolanas están marcadas por leyendas como la Sayona o el Silbón. Recuerdo que con mis compañeros de clase jugábamos a “Sarita Sarita” (no me preguntes qué es) y hablábamos sobre los lamentos en la capilla del ahorcado en San Cristóbal.
También escuchábamos relatos sobre espíritus o duendes, especialmente estos últimos, que al parecer son muy comunes en la infancia, muchas compañeras juraban haberlos visto. Yo nunca vi ninguno, pero cuando pierdo algo, o más bien cuando pierdo algo y no lo encuentro, siempre hago un pequeño ritual, por si acaso es un duende jugando con mis cosas.
Aquí algunas fotos, cortesía de mis padres, de los libros que leí por esa época:



Menciones Honoríficas
Un libro y un cuento. Uno de los libros escolares más comunes en mi ciudad era La culpa es de la vaca, una colección de anécdotas, parábolas, fábulas y reflexiones aplicables a la vida cotidiana. Era una especie de libro de autoayuda. Me gustaba leerlo y encontrar metáforas curiosas en algunas de sus parábolas. Hoy me pregunto cómo sería leerlo de nuevo. Tengo la sensación de que no me gustaría tanto.
Finalmente, el cuento El diente roto de Pedro Emilio Coll. Lo leí en uno de esos cuadernos de ejercicios de comprensión lectora de primaria, y hasta el día de hoy sigo pensando en él. Podría decir que es uno de mis «imperios romanos». La historia trata de un niño al que se le rompe un diente durante una pelea. A partir de entonces, pasa su vida absorto, moviendo la lengua por el espacio vacío. Su obsesión era tal que la gente lo consideraba un gran pensador. Y así muere, sin haber hecho otra cosa más que vivir pendiente de ese hueco.
En mi propia escritura esta idea de la obsesión por un objeto fijo aparece mucho.
Otras lecturas indies
Quiero terminar este artículo compartiendo una lista con algunas de las lecturas más curiosas de mi infancia/adolescencia temprana:
Libros de biología y anatomía
En mi casa había varios libros de biología y anatomía llenos de fotos detalladas. Los descubrí cuando era muy pequeña. Aunque no los leía, me fascinaban las imágenes. La combinación de estos libros y otros más antiguos originó una de mis pesadillas recurrentes: yo corriendo por un laberinto en medio del espacio mientras órganos gigantes me perseguían. Una imagen surrealista que todavía recuerdo con claridad.
Manuales de psicología
También teníamos una colección de tomos sobre cómo resolver conflictos de forma asertiva. Me encantaba ojearlos, y quizás fue ahí donde comenzó mi amor por la psicología. Aunque no los entendía del todo, me intrigaba cómo hablaban sobre las emociones y las relaciones humanas.
Los libros de El Nacional y los periódicos
El diario El Nacional solía lanzar colecciones de libros como suplemento dominical. Una de ellas era sobre compositores, publicada en colaboración con Deutsche Grammophon. En casa teníamos algunos de estos libros, y me encantaba curiosearlos.
Además, mi papá compraba el periódico todos los domingos. Me sentaba con él en el salón y, cuando terminaba de leer una sección, me la pasaba. Era un ritual que disfrutaba mucho, especialmente porque yo leía con entusiasmo el suplemento infantil.
Microsoft Encarta

Otro momento retro que seguro muchos millenials y zillenials recordarán es Encarta, especialmente Mi primera Encarta. Esa enciclopedia pre-internet era una maravilla para aprender y explorar temas diversos. Mi función favorita era visitar monumentos del mundo en 3D, algo que parecía mágico antes de que existiera Street View. Sin duda, fue uno de mis momentos favoritos en las clases de informática.
Mención Honorífica
Y la última mención muy OFF-TOPIC es para, redobles de tambor:
Las puertas de los baños. Antes de que existiera Twitter, leer lo que la gente escribía en los baños era todo un espectáculo: indirectas, peleas, declaraciones de amor con errores ortográficos, insultos, nombres de personas, intentos de grafitis… Aún hoy me encanta entrar a baños públicos, mirar los stickers y leer lo que otros han dejado. Es, sin duda, una de mis lecturas indies más preciadas.
Palabras finales
¡Hemos llegado al final de este post tan peculiar! No sé exactamente cómo surgió la idea de escribir sobre este tema. Hace tiempo que quería iniciar una serie en el blog para reflexionar sobre identidad y pertenencia, y tengo una lista de posibles posts alrededor de esta temática. Nunca imaginé que el primero sería este homenaje a los inicios de los 2000, al internet y a lo retro. Pero así de impredecible es la escritura. Tal vez tenga algo que ver con que el estilo Y2K está de moda otra vez; hay algo en el aire que me hizo conectar con esa nostalgia.
Me ha emocionado mucho repasar estas lecturas extrañas, indies e insólitas de mi infancia y adolescencia temprana. Al escribir sobre ellas, me he dado cuenta de cuánto han influido en la construcción de mi imaginario y en lo que considero una especie de folclore personal. Son parte esencial de quién soy, tanto como persona como artista, y reflejan el tipo de lectora que sigo siendo: ecléctica, curiosa y con un gusto insaciable por descubrir cosas nuevas, ya sea un autor, un género o un tema completamente desconocido.
Quiero cerrar este post agradeciendo a mi papá, quien sembró en mí el amor por la lectura y los libros, una pasión que me ha acompañado toda mi vida y que es uno de los pilares de mi identidad. Fue él quien me regaló mis primeros libros de literatura: Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, Quo Vadis? de Henryk Sienkiewicz y Las Aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain.
Menciones Honoríficas
A mi mamá, quien en una tarde cualquiera me animó a aceptar un regalo suyo (yo siempre tan reacia a recibir regalos): Mujercitas de Louisa May Alcott, un libro que devoré de un tirón durante unas vacaciones. Por primera vez, encontré personajes literarios en los que podía verme reflejada.
Y a mi abuelo, a quien nunca conocí pero sé que era un lector empedernido. En casa de mi abuela encontré y “robé” varios de sus libros que quedaban aún en su casa, ya que la mayoría se perdieron hacen muchos años en una inundación. Entre ellos estaba La dama de las camelias de Alexandre Dumas (hijo), una novela que leí muchas veces en mi adolescencia, y uno de los tesoros más valiosos de mi antigua biblioteca: una primera edición de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, que lamentablemente tuve que dejar atrás en Venezuela.
No hay manera de hablar de mi identidad sin hablar de libros. Agradezco profundamente a mi familia por inculcarme la magia de la lectura.
Espero que te haya divertido leer este post tanto como me ha divertido escribirlo a mí.
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