Ser venezolana en Europa: identidad, arte y migración

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Hace unas semanas, una persona que acababa de conocer me preguntó:

—¿De dónde eres?

Y cuando le dije que era venezolana, su respuesta fue:

—Ay, pobrecita.

Sentí que se me subió el calor a las mejillas. Sentí cómo se me aceleró el corazón. Sentí incredulidad. Y entonces le respondí: yo amo ser venezolana. O le dije algo tipo: soy muy feliz de ser venezolana. O quizás fue, en realidad: estoy muy orgullosa de ser venezolana. Más allá de cuál haya sido mi respuesta, ese intercambio me dejó pensando en una conversación que tuve hace algunos años.

Llegué a Suiza en 2016. Vine a cumplir un sueño de la adolescencia: estudiar música en un conservatorio en Europa. Venezuela es un país con una cultura musical muy fuerte. Gracias al Sistema de Orquestas —una propuesta social y educativa muy interesante y celebrada— niñxs y adolescentes tienen acceso a una educación musical y a aprender a tocar un instrumento en alguna de las tantas orquestas que se formaron en todo el país a partir de esta iniciativa.

Di mis primeros pasos musicales en El Sistema y, a partir de allí, estuve varios años tocando un montón de repertorio sinfónico en distintas orquestas. Hasta que quise algo más, algo que ese formato educativo no podía darme: estudiar teoría musical, hacer más música de cámara y profundizar en el repertorio solista para mi instrumento. Una vez que decidí terminar mi camino en El Sistema, inicié la tortuosa preparación para hacer las pruebas de admisión en universidades de música europeas.

En mi mente adolescente, yo idealizaba aquellas universidades y conservatorios. Me daba mucho gusto imaginarme yendo a estudiar a alguna de esas ciudades por las que pasaron los compositores y músicos que tanto admiraba.

El tiempo pasó. Mi profesor de violín de aquel momento, luego de destruirme la autoestima, se fue a vivir a otro país. Terminé el bachillerato perdidísima y sin saber qué hacer después. Estuve unos meses en California preparando parte del repertorio para las pruebas de admisión con un profesor que me gritaba. Regresé a Venezuela con una lista de universidades y profesores en Alemania y con la resolución de ir a estudiar alemán en Caracas.

La vida, que puede ser mágica y misteriosa si uno la mira desde ciertas perspectivas, terminó llevándome a Lausana. Pensé que no lo conseguiría, que a mis 18 años ya había perdido demasiado tiempo. Y con una determinación que quién sabe de dónde salió, fui admitida en la Haute École de Musique de esa ciudad. Allí estudié con la mejor profesora de violín que tuve en mi vida y con una de las personas que más impacto positivo tuvo en mí. Hasta el día de hoy, sigo profundamente agradecida con muchos de los profesores que conocí allí. Sin embargo, la realidad con la que me encontré al llegar a Europa fue muy distinta a mi fantasía.

Aunque la crisis política venezolana nos afectó directamente como familia de formas que no voy a narrar ahora (¿y a quién no?), yo pasé en realidad una infancia y una adolescencia muy solitarias, recluida entre libros, música y redes sociales (sobre todo Twitter y Tumblr). El año pasado leí MAMBO, de Alejandra Moffat, y si hay un libro que habla sobre la imaginación como mecanismo de defensa, es ese. Para evadir la realidad, yo me refugié en la imaginación. Y entre largas horas de estudio, páginas de libros, viajes por todo el país acompañada de mi papá y grabaciones de conciertos para violín y sinfonías, los hechos en Venezuela se iban sucediendo como la secuencia de una pesadilla: el golpe de Estado en 2002, el cierre de RCTV, las cadenas que interrumpían constantemente la programación de radio y televisión, las protestas de 2008, la muerte de Chávez, robos a mano armada, secuestros, la muerte de Mónica Spear, la muerte de Franklin Brito, los apagones, los cortes de agua, las protestas de 2014 y el olor a gases lacrimógenos, a muebles prendidos en fuego, a gasolina y a agua sucia.

Yo me aferré a la idea de que era, en realidad, una música clásica. Que cuando me fuera de Venezuela, nada de eso podría tocarme. Lo que no sabía era que, en el momento en que ya no vi más a mi papá, cuando pasó a través de la puerta para hacer el control de seguridad en el aeropuerto de Ginebra, esa burbuja se rompería y, por primera vez, encarné completamente lo que significa ser 

v e n e z o l a n a.

Durante los primeros días en Suiza me sentía pequeñita. Pensaba: ¿y ahora qué hago?, ¿cómo voy a competir con mis compañeros que llevan estudiando aquí toda la vida?, ¿estoy lo suficientemente preparada? No la tuve fácil, sobre todo porque en mi año solo éramos dos extranjeros. El resto de mis compañeros eran franceses o suizos. Ser latinoamericana en ese ambiente era una rareza.

Pero lo que sucedió fue un escenario que no había previsto en lo absoluto: estaba más que preparada, casi sobrecualificada. A pesar de cierta resistencia por parte de algunos profesores y de haber recibido comentarios xenofóbicos durante las primeras semanas, me adapté muy rápido. Gracias al Sistema, ya tenía años de experiencia tocando música con otras personas. Como buena rata de biblioteca, ya me sabía gran parte del currículo de historia de la música. La música venezolana que absorbí de forma inconsciente me había enseñado a integrar ritmos complejos. Sabía improvisar y, a punta de escuchar tanta música durante mi adolescencia, el análisis musical se me daba muy bien y tenía mucho criterio interpretativo.

Y entonces la vida me dio una cachetada de realidad.

Hasta ese momento, yo pensaba que si estudiaba mucho y me esforzaba lo suficiente iba a tener una carrera brillante como violinista clásica. Años leyendo biografías de otros músicos y pensando que el camino era lineal. Nunca leí en ninguna biografía ni escuché en ninguna entrevista a músicos reconociendo sus privilegios. Todos hablan de lo maravilloso que es hacer música y de la poética de depender emocionalmente de un instrumento; romantizan el abuso y están absolutamente callados ante lo que pasa en el mundo. La «industria» —en realidad es un chiste llamarla industria— de la música clásica es profundamente elitista y corrupta, y el acceso a oportunidades no tiene nada que ver ni con la preparación, ni con el talento, ni siquiera con la música en sí. Tiene que ver con ideas preconcebidas de lo que es el prestigio y con dinero.

Dinero para permitirte participar en encuentros de orquestas juveniles.
Dinero para pagar masterclasses y cursos de verano con ciertos profesores.
Dinero para comprar instrumentos musicales.
Dinero para viajar por el mundo haciendo pruebas de acceso.
Y dinero para pagar la inscripción a concursos (en los que no tienes ninguna posibilidad de entrar o avanzar si previamente no pagaste las masterclasses y los cursos con los profesores mafiosos de turno).

Aquí vuelvo a la conversación que mencioné al principio. En ese momento tenía tres trabajos y me levantaba a las cinco de la mañana para estudiar violín antes de ir a trabajar y a clases. Un día le dije a mi profesora de violín que estaba cansada, que me daba mucha rabia que, a pesar de trabajar y estudiar tanto, sentía que mi carrera avanzaba mucho más lento que la de los demás y que no sabía si realmente iba a despegar. Ella me dijo algo que en su momento no entendí del todo, pero que me marcó:

—Tienes que sentirte orgullosa de tu vida, de tus orígenes y de tu historia, porque esos son los elementos que te hacen una artista única y no una copia de la copia.

Una de las sesiones de terapia más potentes que tuve fue, a la vez, una de las más simples. Le dije a la psicóloga que no lograba ser lo suficientemente disciplinada para escribir de forma constante en un blog que tenía en ese momento. Mi narrativa interna giraba mucho en torno a eso: sentir que no me esforzaba lo suficiente, que no tenía fuerza de voluntad, que no era constante. Ella me respondió con una pregunta:

—¿Realmente quieres tener ese blog?

Esa pregunta tampoco la entendí del todo en ese momento, pero al mirar atrás tiene mucho sentido y me sirvió para analizar y entender muchas áreas de mi vida. ¿Hasta qué punto era mío ese sueño de ser violinista clásica? ¿Era realmente lo que yo quería?

A veces uno se aferra con fuerza a viejas identidades porque no tiene la valentía de ver qué es lo que está pasando realmente.

Muchas cosas pasaron antes y después de esa conversación y de esa pregunta. Yo pude haber seguido insistiendo en hacer una carrera como violinista clásica. Probablemente habría terminado ganándome una plaza en una orquesta que odiara o siguiendo el currículo de una escuela de música mediocre en algún pueblo de Suiza. Pero, en cambio, decidí andar otro camino: el camino de las cosas que sí quiero, el camino de lo que sí soy (y no de lo que desearía ser) y el camino de profundizar en esas cosas que me hacen única. En ese proceso, mi venezolanidad, que fue destapada detrás de un velo aquel día de septiembre de 2016 en el aeropuerto de Ginebra, empezó a florecer.

No tengo ni idea de hacia dónde voy. Pero sí sé que cada día amo más a la persona que soy y que ya no necesito la validación de maestros, de la academia o incluso esconderme detrás de artilugios técnicos o de un instrumento para no afrontar ese salto al abismo que es crear y vivir una vida alineada conmigo misma. Y si hay algo de lo que estoy agradecida es de ser venezolana, porque me ha enseñado y me ha dado muchas cosas:

Me ha enseñado a ser resiliente.
Me ha enseñado a ver más allá de la narrativa que nos quieren contar los medios.
Me ha dado un detector infalible de hipocresía, para no dejarme seducir por líderes cobardes tanto de la izquierda como de la derecha ni deslumbrar por ideologías.
Me ha enseñado que tengo una infinita capacidad de reconstruirme y reinventarme cuando las cosas se ponen difíciles.
Me ha enseñado que cada ápice de libertad debe ser inhalado con el pecho abierto.
Y me ha enseñado, sobre todo, lo realmente valioso que es el arte ante la adversidad.

Dentro de lo trágica que es la historia de Venezuela, una de las cosas más bellas, inspiradoras y conmovedoras de mi vida es ser parte de los venezolanos de mi generación: los nacidos a finales de los noventa y principios de los dos mil, es decir, los que nacimos poco antes o poco después del inicio de la dictadura.

Es impresionante vernos echándole tantas bolas, construyendo vidas y familias tanto dentro de Venezuela como en los rincones más absurdos del mundo, poniendo la cara y el cuerpo a pesar del miedo, emprendiendo, creando, contando una y otra vez nuestra verdad y preservando nuestra memoria y nuestra historia ante un mundo que nos quiere aplastados y callados.

Ahora, cuando escucho la música que sí me gusta (tanto clásica como no clásica), cuando estoy rodeada de artistas que sí me inspiran, cuando me encuentro con otros latinoamericanos creando proyectos artísticos y culturales independientes, cuando bailo la música que mi familia me enseñó a bailar y cuando escucho entrevistas de artistas que admiro de verdad, lo que siento es placer. El cuerpo no miente. Entonces puedo reconocerme en grupos, en lugar de dar aleteos desesperados para pertenecer donde no pertenezco.

Y ya no necesito ocultarme detrás de fantasías para no mirar la vida de frente.

Pobrecita tú, chica.

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