El cuerpo y lo sutil

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Verano del 2025 en Manchester.

Fui por primera vez a Queer Lit, la librería LGBTQ+ más grande de Europa. Llegué allí por casualidad. Viajé con mi pareja y algunos amigos a Manchester porque conseguimos entradas para ir a un concierto del Reunion Tour de OASIS. La mañana del concierto estábamos buscando un plan para hacer que no nos cansara demasiado.

Yo, que a mi pesar soy la fan número uno de Google Maps, hice lo que hago en todas las ciudades que visito (además de armarme una lista de sitios para ir a comer): busqué esoteric bookstores nearby. Uno de mis placeres culposos es visitar tiendas esotéricas para ojear mazos de tarot que probablemente no voy a comprar y para manosear cristales que tampoco voy a comprar, a menos que haya uno que me llame lo suficientemente la atención. No recuerdo lo que encontré en esa búsqueda; no me entusiasmó demasiado, así que, al azar, puse LGBT bookstores nearby, y justo había una no demasiado lejos de donde estábamos.

Cuando entré a Queer Lit, mi cuerpo lo reconoció como un lugar seguro y se relajó inmediatamente. La librería estaba organizada en estanterías con distintas categorías. Me fui directa a la estantería con la etiqueta “Bisexual”. Mientras mis amigos se tomaban un café, me puse a ojear los libros. El ganador fue Bi the Way de Lois Shearing. Cuando fui a pagar, le dije al librerx:

—Hace relativamente poco me di cuenta de que soy bi y tengo muchas ganas de leer más al respecto.

Hasta ese entonces, solo había sido capaz de decir en voz alta “soy bi” frente a mi pareja y a unos pocos amigos que no puedo ni contar con los dedos de una mano. Hay algo de esa interacción que se sintió profundamente yo. Salí de la librería sintiéndome transformada, emocionada y feliz.


Una mañana de primavera del 2022 en Basilea.

Mientras estaba estudiando violín, me entró una notificación en el teléfono: un email. Se había liberado una plaza en la Lucerne Festival Academy y yo era la siguiente violinista en la lista. En ese momento estaba haciendo un máster especializado en música contemporánea en Basilea. Yo ya había hecho las paces con que ese año, probablemente, no iría al Lucerne Festival. Cuando leí ese mensaje no lo podía creer. No cabía en mí de la emoción. Mi yo de ese entonces pensó: ¿Cómo será tocar en una orquesta de música contemporánea con músicos increíbles de todo el mundo? Muy dentro de mí pensé que volvería a sentir eso que sentía cuando tocaba en las orquestas en Venezuela.

Uno no siente nunca la misma cosa dos veces.


Verano del 2022 en Lucerna.

Ese día los líderes de las secciones de violín de la Lucerne Festival Contemporary Orchestra nos convocaron para hacer la pausa del almuerzo juntos. Estábamos sentados afuera.

Cuando fui a la charla introductoria de la Academia, el lenguaje corporativo me tomó por sorpresa.

—Las conexiones que harán aquí los van a acompañar durante toda su carrera profesional.

Una especie de advertencia velada. No aprovechar al máximo esa oportunidad tendría repercusiones. Unas semanas que, si se usaban correctamente, podrían cambiar el curso de tu vida.

Me senté con mi bandeja de comida o con mi tupper al lado de uno de los líderes. No recuerdo si se dirigió a mí específicamente o si habló en general con los que estábamos en la mesa:

—Estos son los momentos que tienen que aprovechar al máximo para hacer networking.

Networking. Yo solo quería comer. Yo solo quería charlar un rato con los seres humanos que estaban en esa mesa conmigo. Pero, como sucedía muy a menudo, la pausa del almuerzo se convirtió en una serie de name dropping, de “¿dónde estudias?”, de “¿quién es tu profesor?”, de “¿cuál es tu próximo proyecto?”, de “¿dónde es tu próxima audición?”.

Si no eras lo suficientemente interesante —llámese estudiar con un profesor prestigioso, tener proyectos con ensambles de música contemporánea en Europa con nombres que parecen sacados de un ensayo donde se cita a Deleuze o que suenan al nombre de un club de música electrónica; si no habías ido a otro festival ese verano o si no estabas admitido para un encuentro de orquesta joven— nadie te prestaba atención.

A veces jugaba a ese juego. Otras veces estaba cansada y simplemente no me apetecía. Ese almuerzo ocurrió justo en uno de esos días en los que no quería ser otra.

Jugar significaba dejar de ser yo, salirme de mi cuerpo, disociar; significaba presumir de estar estresadísima, de dormir poco y de tener la agenda llena a rebosar; significaba imitar un poco lo que hacían los otros para sentirme menos alienada; significaba hacer malabares entre expresar algunas ideas, bien pasadas de agua para no polemizar, y soltar algún que otro nombre significativo de mi CV, como un truco guardado debajo de la manga.

La recompensa era un ratito del interés del otro e intercambiar handles de Instagram.

Pero ese día elegí comer en silencio mientras escuchaba conversaciones que se parecían a tantas otras conversaciones y mientras sentía que había algo malo o algo roto en mí.


Tienes que ser tú misma. Expresarte creativamente. Buscar tu diferencial. Pero solo si ser tú misma no incomoda, o solo si entras dentro de ciertos parámetros. O solo si estudias en cierto conservatorio con cierto profesor. O solo si eres cool. O solo si tu proyecto cabe dentro de la moda de turno de la academia, pero sin exagerar, eh, que si se parece mucho a otra cosa no eres lo suficientemente original.


Verano, casi otoño, del 2022 en Nyon.

Una escapada de fin de semana con mi pareja. Durante una caminata dimos sin querer con una librería esotérica. Llevaba tiempo queriendo comprar mi primer mazo de tarot, pero tenía un poco de miedo porque una amiga me dijo una vez que, a través del tarot, podía atraer espíritus raros sin querer.

Yo sabía poquísimo sobre tarot en ese entonces. Muy pronto aprendería que el tarot no tiene nada que ver con espíritus. Son láminas con dibujos impresos y, como todo, depende del uso que le das. A pesar de que mucha gente recomienda sobre todo el Rider-Waite para los tarotistas principiantes, yo siempre me sentí atraída hacia el tarot de Marsella.

Allí me animé por fin. Salí de la tienda con mi primer mazo, un tarot de Marsella mini, que todavía llevo conmigo cuando me voy de viaje.

Separé los arcanos mayores de los arcanos menores y empecé a experimentar haciendo mis primeras lecturas. Como buena geminiana, siempre estoy integrando contradicciones. Soy una persona espiritual o, al menos, me gusta creer en la magia y en los milagros. Al mismo tiempo me cuestiono todo y, en la medida de lo posible, intento siempre acercarme a las cosas con cierto espíritu crítico. Así que, aunque llevaba mucho tiempo sintiendo curiosidad por el tarot, era bastante escéptica al respecto. No entendía muy bien cómo funcionaba.

Saqué mis primeras cartas al azar. No recuerdo los detalles, pero sí recuerdo perfectamente la sensación en mi cuerpo. Las imágenes de las cartas me hablaron inmediatamente, de forma suave pero clara, y sentí con mucha precisión el mensaje que me estaban dando. No daba crédito. Desde ese momento las cartas me acompañan y me ayudan a percibir lo sutil. Me abrieron un nuevo nivel de percepción hacia las sincronicidades.

Sigo sin entender muy bien cómo funciona, pero qué lindos son los misterios.


El arte es también un misterio.


¿Verano? del 2016 en Caracas.

Estaba tumbada en el piso escuchando música con mi primer novio. Llevábamos apenas unos días saliendo. Me estaba presionando para tener cierto contacto físico con él. No lo hacía con palabras; eran apenas gestos y sensaciones. Todo se sentía confuso y pegajoso. Yo solo quería escuchar música. Estaba enamorada y pensé que esa insistencia tenía que gustarme, que eso era el amor. Ya no estaba realmente escuchando música. Estaba tensa, haciendo equilibrismo entre sucumbir lo necesario para que no creyera que lo estaba rechazando mientras intentaba mantenerme dentro del límite que ponía mi cuerpo. Una foto en blanco y negro de nuestras manos conmemoró la primera de muchas escenas similares que sucedieron durante los próximos cuatro años, algunas muy sutiles y otras un poco más escabrosas.


A veces me pregunto si soy la única a la que la secuencia en la habitación en la película À bout de souffle le da angustia.


—¡Qué ganas de empezar el segundo año del máster!

—Uhm, yo no sé si estoy tan emocionada.

—¿Y eso? ¿Qué pasó?


Pasaba que cada vez que entraba a la Musik-Akademie me sentía físicamente mal. Sentía el aire denso. Me dolía la cabeza. Con cada paso que me acercaba a la entrada me iba poniendo más y más tensa. Antes de entrar a la cafetería tragaba saliva e intentaba respirar profundo.

Trataba de pasar el menor tiempo posible allí, hasta el punto de que llegaba lo más puntual posible a las clases y a los ensayos y me iba apenas terminaban.

Durante el segundo año hice lo mínimo para aprobar y obtener mi diploma.


Fui a la reunión del Shut Up & Write sin muchas expectativas. Era en el café perfecto para escribir. Trataba de llegar lo más temprano posible para pedir mi matcha latte, frío o caliente dependiendo del tiempo que hacía fuera, y escoger dónde sentarme. Las reglas eran claras. A la hora pautada hacíamos una ronda de presentaciones. Solo teníamos que decir nuestro nombre y el proyecto en el que estábamos trabajando.

María y voy a trabajar en un guion para mi pódcast.
María y voy a escribir mi newsletter del mes.
María y voy a hacer journaling.

Nada más. No importaba si era la primera vez en tu vida que estabas escribiendo o si ya eras una autora publicada.

Luego, silencio. Todos a escribir por una hora.

Las conversaciones luego fluían sin ningún esfuerzo. No tenía que pretender ser otra persona. No tenía que ganarme el favor de nadie. Salía sintiéndome conectada e inspirada.


Primavera del 2025 en Lausanne.

Mi amigo estaba sentado en la otra punta de la sala de conciertos. Yo no sabía que estaba allí. No había ni sonado la primera nota y ya las lágrimas estaban deslizándose por mis mejillas.

Cuando terminó el concierto, me acerqué a los camerinos a saludar a los artistas y entonces lo vi. Hacía años que no lo veía. Salté de la emoción al verlo. Nos abrazamos. No tuve que decir ni una palabra porque los dos supimos que habíamos tenido la misma experiencia.


Una vez le pedí consejo a mi amiga, la que me dijo que el tarot podía atraer espíritus raros. Tenía que elegir entre dos opciones y me estaba costando mucho tomar la decisión. Ella me dijo que me sentara a respirar para ver qué opción prefería mi cuerpo.

Esa vez mi amiga sí tenía razón.


A mi amigo, el del concierto, se le desencajó la cara cuando le conté que empecé a salir con el que fue mi primer novio.

Mi amigo tenía razón.


¿Otoño? del 2015 en Caracas.

Cuando toqué para mi profesora en una masterclass, supe que tenía que cancelar mis planes de irme a estudiar a Alemania. Era la profesora de violín que necesitaba. En la pausa me acerqué a preguntarle si tenía cupos para el siguiente año en Lausanne. Ella me dijo que sí, que tendría dos cupos abiertos. Tomé la decisión de preparar solo la prueba de admisión en Lausanne.

Mi cuerpo tenía razón.


Cuando preparo las entrevistas para mi pódcast le dedico mucho tiempo a investigar a los invitados. No solo a leer sus biografías. Veo otras entrevistas, si las tienen. Veo cómo son sus redes sociales. Busco qué música les gusta, qué temas les apasionan. Intento empaparme lo más posible de sus personalidades. Mi meta número uno es que sientan que son especiales, porque cada persona que viene a mi pódcast es especial y merece tiempo y atención por ser quien es. Me gusta crear un espacio seguro para sentarme a conversar con el ser humano. Tal y como a mí me hubiera gustado sentarme a conversar con otros seres humanos en aquel almuerzo en Lucerna.


Hago arte y voy a terapia porque vivir es tener la valentía de mirar lo pequeño y de escuchar lo imperceptible.

En muchos momentos de mi vida sentí que había algo malo en mí. Que mi manera de ser no era suficiente. Que ser no era suficiente. Que el amor solo podía ser condicional o solo si yo daba algo a cambio. Que no sabía hacer networking. Que no me dejaba fluir.


Mi momento favorito de las lecturas de tarot es la elección de las cartas. Las cartas volteadas bocabajo te hablan. Te susurran. O más bien te cantan canciones.

Mezclar el mazo hasta sentir calma. Pasar la mirada por el dorso de las cartas. Las elegidas siempre tienen una especie de brillo, un sonido, una sensación al tacto, una especie de tintineo. Es casi imperceptible. Ese es el lenguaje del cuerpo, el universo de lo sutil. Lo perfumado y lo sensual.


Muchas veces ser mujer es la vida poniéndote en situaciones para elegir y desear por encima del miedo.


Volver una y otra vez al cuerpo puede que sea el acto más punk que una puede hacer.

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© María Alejandra OFF-TOPIC