El escritorio y la peinadora

La casa lejos de casa

La alfombra seguía allí. Una alfombra peluda que debería ser blanca. La odio. Me mudé a ese cuarto en el 2018. La casa número 4 en la que viviría durante mis estudios en Lausanne. La casa número 14 en el curso de una vida marcada por el movimiento. Un escalón más que contribuiría a la extrañeza de ese acento que suena extranjero para los venezolanos y que suena sudamericano para los europeos.

Un cuarto estrecho, dentro de un apartamento que compartía con la propietaria, una señora suiza de unos 50 años, divorciada, con dos hijos y una nieta, que trabajaba en una oficina pública, que cuando traía a su pareja, un señor portugués, monopolizaban la cocina y esa noche no podría cocinar, entonces yo aprovechaba las dos tardes que tenía libres (los miércoles y los domingos) para cocinar todo lo que podía, guardar todo en un tetris de tuppers en el espacio que podía usar de la nevera, dejar todos los trastes lavados y secados antes de que el señor llegara, y si el señor llegaba y yo aún tenía cosas por terminar, la señora me preguntaba con un tono pasivo-agresivo “¿te falta mucho?”.

Una cocina con esa planta cinta, o malamadre, o papito corazón, o araña o lazo de amor o chlorophytum comosum, que colgaba encima del microondas y que por el calor, tenía las puntas quemadas, pero aún así no paraba de crecer, de dar hijitos y yo la miraba fijamente cuando me sentaba a desayunar, a las 5:24AM, mientras escuchaba mis podcasts favoritos o mi hiperfijación musical del momento.

Una lavadora que podía usar dos días de la semana y el tendedero que metía dentro del cuarto que dejaba todo oliendo a ropa mojada.

Una aspiradora con la que tenía que aspirar mi cuarto cada cierto tiempo pero que no podía usar ni en la noche ni en los fines de semana por el ruido, que eran los únicos momentos en los que tenía tiempo para aspirar.

Un salón al que entraba bastante poco.

Una cama individual blanca con un cubrecolchón fucsia, una almohada y un edredón con un estampado gris y morado.

Una almohada flacuchenta que tenía que doblar en dos para dormir bien.

Una cómoda blanca en dónde apoyaba mis cosas del día a día, algunos objetos decorativos (que, a parte de las postales, en su mayoría eran regalos), y una vela.

Una caja de madera que usaba como mesita de noche y como estantería para mis libros.

Un móvil con elefantitos de cartón que colgué del techo usando cinta adhesiva (otro regalo, el móvil, no la cinta adhesiva).

Un armario en el que amuñuñaba mis zapatos, colgaba algunas chaquetas y vestidos y en dónde apoyaba, en el estante de arriba, archivos y carpetas con mis documentos y con los trabajos y partituras que iba acumulando de la universidad.

Una ventana que daba hacia los otros edificios, ahora que veo las fotos, las vistas no estaban nada mal, y que hacía que el sol me diera en la cara por las mañanas si dejaba la persiana subida.

Unas bolsas de plástico reutilizables arrimadas en el piso en dónde separaba el cartón, el vidrio y el plástico y que me prometía vaciar más a menudo, sin éxito.

Y una mesa blanca acompañada por su respectiva silla blanca.


Hace unos meses, la politóloga Ana Milagros Parra subió a su canal de YouTube este video, “Cómo hacer de un lugar desconocido tu hogar”. En él, inspirada en una publicación que ella vio en Instagram, reflexiona sobre esos elementos que hacen del espacio que habitas un hogar, más allá de la migración, del exilio, del desplazamiento forzado y del tiempo en el que uno permanezca en ese lugar.

Ella cita a la publicación en Instagram:

La casa es más que unos metros cuadrados, la casa es el lugar en el que tu ejerces soberanía. Cada rincón que eliges habitar conscientemente es un acto de afirmación. Es el derecho a que la historia sea tuya porque tu tienes el poder de editar tu propio espacio. En el fondo, es la libertad de escoger quien eres tú.

Por su labor como activista y analista política, luego del fraude electoral del 2024, Ana se vio forzada a migrar de Venezuela a Colombia y posteriormente, luego de un atentado de violencia trasnacional en Bogotá, tuvo que volver a meter su vida en unas maletas e irse a otro lugar. Entre cada mudanza, entre cada movimiento, se iba desprendiendo de objetos, pero había algo en particular, y a simple vista banal, que le dolía y que intentaba llevarse consigo a todas partes: su maquillaje.

La conclusión a la que ella llega en ese video es que, a pesar de haber vivido en tantos espacios que no le pertenecían, un no-negociable para ella es tener una peinadora, es decir, una superficie en la que apoyar su maquillaje y en dónde ella podía maquillarse escuchando música, incluso si esa superficie era una mesa cualquiera.

Conecté mucho con lo que Ana cuenta en el video y al mismo tiempo me hizo sentir muy triste, porque mi primera reacción fue pensar que yo no tenía ese no-negociable, ese espacio que sí o sí tenía que estar en mi casa y en el que podía ejercer una cierta soberanía.

Cuando empecé a vivir sola en habitaciones que iba alquilando o en dónde me dejaban dormir aquí y allá (primero unos meses en Santa Barbara, luego en Caracas y más adelante en Lausanne y en Basilea), sentía mucha resistencia a tomar decisiones sobre esos espacios. Esa resistencia era el resultado de muchos procesos operando a la vez. El desapego, la falta de dinero, mi tendencia al minimalismo, el no conocerme a mí misma tan bien y por lo tanto no saber ni siquiera por dónde empezar a escoger quien soy, habitar casas que no eran mías con reglas preestablecidas que no podía modificar, el sobrevivir un día a la vez y la sensación de que en cualquier momento tendría que irme a otro lugar.


Unos días después de ver el video de Ana, probablemente lavando los platos o bañándome que son los momentos en los que me caen los chispazos, me di cuenta de que no estaba siendo demasiado justa conmigo misma y encontré el común denominador de todos los sitios en los que he vivido, encontré mi no-negociable: el escritorio.


La mesa blanca acompañada por su respectiva silla blanca era mi escritorio.

El escritorio es el primer espacio del que tomo conciencia al habitar una nueva casa, un espacio sagrado en el que apoyo mi computadora, al menos un cuaderno con su bolígrafo y objetos que me acompañan en mis ideas y proyectos y que se van rotando dependiendo de la temporada. Objetos como amuletos, piedras, velas, fotos, imágenes, libros, lámparas, el teléfono, posits con recordatorios, listas de tareas e ideas.

Como proyección de mis cambios internos, la figura del escritorio se ha ido metamorfoseando.

En una de mis casas de la infancia, las escaleras que dividían los dos pisos eran de madera con un espacio vacío entre cada escalón. Me sentaba con mis libros y mis cuadernos más o menos en la mitad de la escalera, metía las piernas en el hueco entre dos de los escalones para mecerlas y hacía mis tareas allí. Era un escritorio con una cualidad de juego, de escondite y de mirar desde otra perspectiva.

En una de las habitaciones en las que viví en mi corta, pero convulsa, estadía en Caracas no tenía una mesa, así que me sentaba en el piso, apoyada en una almohada y allí extendía mis notas del curso de francés y de las clases de armonía e historia. Una vez me quedé dormida arrodillada haciendo los ejercicios del libro de francés. Me ahorro la descripción de como sentí las rodillas al despertar, un par de horas después. Mi segundo escritorio era la mesa que estaba en ese espacio-pasillo oscuro y verdoso que era la biblioteca de Mozarteum. Ahí leí a Rilke y a Lorca y allí hice la inscripción para las admisiones a la universidad en Lausanne.


La mudanza número 15 fue a mi primera habitación sin amueblar. Por fin ya no iba a convivir con la alfombra peluda que debería ser blanca. Luego de experiencias que van desde lo variopinto hasta lo violento, decidí que ya no quería alquilar más habitaciones amuebladas en casa de señoras suizas.

Luego de visitar varias habitaciones en pisos compartidos y monolocales en Basilea me aceptaron en un apartamento encantador en St. Johann, a dos pasos del río. Fue mi primera casa en Basilea y una de mis dos casas favoritas en los nueve años que viví en Suiza. Una habitación/ático en el último piso, con una ventana inclinada en dónde apoyé mi primera planta (un regalo de mi última jefa en Lausanne). Dos de mis tres compañeros de piso eran muy simpáticos. Con uno terminé peleada pero eso es otra historia. Armé mi lista de cosas que comprar en el gigante sueco que no voy a mencionar aquí porque no me paga, y pasé allí en persona a pagar por mis cosas y a traerme en el camino de vuelta un colchón y un juego de cama que compré para posibles invitados, en dónde dormiría mientras me llegaba la cama y que se plegaba formando un bloque gris que podía ser un pouf para sentarse o una superficie para apoyar cosas.

Esa tarde lavé y sequé las sábanas e hice la cama en ese colchón apoyado en el piso. Dormí feliz. Al día siguiente doblé el colchón y, antes de ir a hacer mi primera compra de supermercado allí, me hice un café instantáneo, que era el único café que había en el apartamento, apoyé la computadora en el bloque y me senté a planificar un rato las cosas pendientes que tenía para el inicio de las clases y para mi residencia allí. Ese fue el primer escritorio que compré con mi dinero.

Los días siguientes empezaron a llegarme los muebles. La cama más barata que pude encontrar, un colchón medianamente decente, otro juego de cama color verde, una mesita de noche color verde musgo que formaba una equis debajo en dónde podía apoyar libros, una lámpara de techo de papel, un tubo para colgar la ropa porque no tenía armario, una cómoda, una estantería, y un escritorio marrón, con la superficie más grande que me podía permitir, con las patas blancas que formaban dos estantes en forma de triángulo acompañado por su respectiva silla gris.

Había pasado de no querer habitar mi espacio a considerar incluso tener un colchón extra para invitados.


Pocos meses después ocurrió la mudanza número 16. Una habitación en otro piso compartido a dónde me llevé todos mis muebles (excepto la cama que vendí para comprarme una más grande). Y unos meses después, la mudanza número 17, la última mudanza en Suiza, en el piso que compartí con mi pareja en mis últimos años allí.

Ahora estoy en la casa número 18. A pesar del cambio tan evidente de Lausanne a Basilea, como todo proceso, habitar espacios y ejercer mi soberanía en ellos no ha sido lineal. No creo que la casa 18 sea aún la “definitiva” (si es que es posible tal cosa en mi historia de vida). Hay días en los que compro un nuevo póster para decorar o una planta con una desenvoltura que me sorprende a mí misma y hay otros en los que pensar en arreglar cosas o escoger jarrón me envía directo a una espiral de ansiedad, rabia y tristeza.

Estoy escribiendo esto desde mi escritorio. A diferencia de las casas, no llevo el conteo oficial de mis escritorios. Este es un escritorio ligeramente más pequeño, marrón, con las patas negras, metálicas, con un cajón cerrado y uno abierto, que tiene los siguientes objetos en su superficie:

  • Un cuaderno que me regaló mi mamá, rosado con detalles dorados.
  • Un bolígrafo verde agua con puntitos blancos y detalles dorados.
  • Un vaso de cristal con un gatito de cristal dentro, lleno de agua, apoyado en un coaster que compré en un mercadito en Mánchester, que tiene la forma de un vinilo en miniatura. Piss Factory de Patti Smith.
  • Una lapislázuli con forma de píldora que compré en un local en Turín, con su respectiva tarjeta explicativa. Abre la visión interior, estimula la intuición, libera la voz del engaño. Es un talismán de la verdad, aliado del que busca una sabiduría antigua y la propia soberanía espiritual.
  • Mi taza favorita para tomar café, en la que solo queda el fondo del café que me preparé hace unos minutos. Aprendí a hacer guayoyo en una moka italiana. Objetivamente no sabe a guayoyo, pero si lo tomo en esa taza sabe más a guayoyo que en otras tazas. La taza es la que te dan en los mercados de navidad de Basilea cuando pides un vino caliente o un chocolate caliente. Los mercaditos de otoño y de navidad son las únicas dos cosas que extraño de Basilea.
  • Mi computadora.
  • Los audífonos bluetooth que me costaron 10 dólares, que tengo hace un par de años, que compré cuando los otros audífonos de 10 dólares terminaron dentro de la lavadora,
  • El teléfono.
  • Dos fotos enmarcadas. En una me sostiene mi papá. En la otra me sostiene mi mamá. Para no olvidar que soy sostenida de alguna u otra forma, que tengo raíces y que no estoy volando por los aires.

Estoy en el proceso de producir la tercera temporada de mi pódcast, y la temática principal es la memoria. En una de las entrevistas que hice recientemente, mi invitado me hace una pregunta a mí. No recuerdo la pregunta exacta, pero, como cuando uno se mete en los recovecos de la memoria sin un cierto rigor, es posible que una gran parte de lo que estoy contando no sea más que una invención de mi mente. O mejor dicho, los detalles, en gran parte, pueden que sea una invención de la mente, porque la memoria del cuerpo es de una gran precisión y a veces las sensaciones tienen más de verdad que los detalles.

La pregunta era sobre la pertenencia. No sé que respondí. En eso, mi invitado me dice:

—Admiro a tu generación, que no vive la tiranía de la pertenencia.

Mientras conversábamos, me quedé dándole vuelta a eso de la tiranía de la pertenencia. Le dije:

—No sé si yo estoy liberada de la tiranía de la pertenencia, porque en realidad yo anhelo pertenecer en algún lugar, llegar a un sitio y sentir que quiero permanecer allí.

En el momento en el que hice esa entrevista venía pensando en la temática de esta pieza. El escritorio y la peinadora. El escritorio espacio no-negociable. El escritorio-hogar. El escritorio-casa transportable. ¿Qué rol tiene el escritorio en mi vida? ¿Por qué un espacio de trabajo, de lectura y de escritura tiene tanta importancia para mí?

Ya podrán escuchar la conversación completa cuando esté subido el episodio, pero antes, me permito parafrasearla una vez más. Mi invitado, reflexionando también en ello, me dijo algo por el estilo:

—Entonces, el escritorio para ti toma esa forma de hogar en la medida en que tu puedes crear tu historia allí, con esa cualidad porosa en la que permea además la cultura del lugar en el que estás.

Suelo decir, en una hipérbole que tiene sus tintes de verdad, una verdad geminiana en la que todo puede ser verdad, mentira, real o imaginario, que la lengua española es el gran amor de mi vida, una lengua española contaminada de otras lenguas, de distintos acentos y de palabras inventadas. No importa dónde esté, siempre puedo abrir un documento en blanco en mi computadora y mirar con distintos lentes, jugar, inventar, nutrirme, descansar (como dice Julia Cameron en su libro “El Camino del Artista”, permitirme descansar en la palabra), meditar, sentir, hurgar en la nostalgia sin ningún tipo de vergüenza o reparo, mantener un registro de lo que voy viviendo, filtrar al otro y caracterizarlo.

Desde mi dosis de privilegio, puedo hacerme esta pregunta: ¿Acaso, la mayoría, sin importar si son migrantes o no, sienten un poco esa sensación de no estar del todo en dónde tienen que estar? ¿Es un síntoma de la época, una época híper post en muchos aspectos, fragmentada, algoritmizada, exaltadora de la individualidad? ¿Hay personas que sienten que pertenecen sin tener que hacerse todas estas pajas mentales?

Mi experiencia en Italia y en la casa número 18 ha sido particularmente intensa en ese sentido y me trajo una nueva perspectiva. En los pueblos italianos la familia tiene un gran peso, simbólico y emocional, y estar aquí, sobre todo al inicio, era un recordatorio constante de lo lejos que estoy físicamente de mi familia. Pero como me estoy convirtiendo en una carajita necia, incluso en un ambiente que se sintió tan hostil al inicio, logré encontrar mis formas de echar raíces y de reconstruir una identidad propia adaptada a esta vida de provincia italiana. Esa necedad me ha enseñado a mirar hacia las oportunidades que hay en vez de entrar automáticamente en el modo supervivencia o de carencia, a apreciar las pequeñas cosas, no entrar en binarismos y a no reducir la realidad a un par de etiquetas.

Hace un par de años me hubiera quedado atascada en alfombras que deberían ser blancas o hubiera salido corriendo sin dejar rastro y fingiendo no estar afectada por la experiencia.

Sin embargo, hay una voz que me dice que estoy bastante cerca de llegar a un lugar en el que voy a querer permanecer por un tiempo mucho más largo, o en el que permanecer y comprometerme no se sienta como una carga pesada o una hazaña.

Y aunque eso implique nuevos movimientos, a esa voz yo no quiero ignorarla.

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© María Alejandra OFF-TOPIC

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